sábado, 16 de enero de 2010

Algunos recuerdos en blanco

Los ojos me pican, me duele la mandíbula… Llevo no sé cuanto tiempo aplazando la inevitable –algún día- cita con el ginecólogo. Será, de verdad, que no me gustan los médicos, ni sus batas blancas; que soy como mi padre y repito que todo está en la mente… La mente –lamente-, demasiado complicado para este texto.
Sobre doctores, recuerdo al homeópata que veía de niña, un señor con una nariz que me impresionaba: como una fresa enorme. En la consulta se dedicaba a bromear molestándome. Él reía, mis padres reían, pero yo no. Creo que me gustaba más la doctora que recetaba "agüitas", no recuerdo su rostro sólo su mano sosteniendo el péndulo de cristal mientras me hacía preguntas.
Sí, y como olvidar al que se apellidaba Malpica, me daba un miedo terrible sólo el escuchar que me llevarían con él. Ya me asustaban bastante las inyecciones como para soportar a un "malpica".
Los hospitales me gustan menos. Tengo el recuerdo de mi abuela paterna soplándole a un globo para “fortalecer sus pulmones”, pero ni el globo ni sus ganas pudieron frente a ese “virus de hospital”. La última vez que estuve con mi abuelito Antonio decía que le quitaran el globo que tenía en su garganta, más bien, lo escribía en la libretita que le dio su mujer para que se pudiera comunicar, no podía hablar debido a la traqueotomía. Me despedí con un besito en su frente y él con la sonrisa más bonita que le había visto, la única que recuerdo.
Mientras escudriñaba más allá de la sala de espera del hospital X (que me dejó experiencias muy malas) descubrí una rata blanca nadando en un recipiente de vidrio para no ahogarse y una puerta que decía “Silencio, gato durmiendo”. Después por azares del destino y laborales conocí al gato dormido, dormido dentro de una “pecera” con la cabeza llena de electrodos. Me pregunto aún que soñaría ese gato.

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