viernes, 18 de diciembre de 2009

Sigues llegando después de que salen la luna y los luceros

Septiembre/2002
Hace unos momentos sentí que mi padre moría, sé que él pensó lo mismo. Me levanté de la cama, con el miedo que siempre me avergüenza, al escuchar sus lamentos. Ambos sentimos a la muerte pasear por la habitación, qué impotencia verlo sufrir. Apretó mi mano cuando la sintió entre la suya.
Nunca vi sus manos como hoy, ni las mías que ya se preparaban a cerrar sus ojos.
Soltar su mano, correr hacia el teléfono, pero quizá cuando volviera se encontraría inmóvil, llorar, escucharlo decir que no me fuera -eso me aterraba más-. Pedir que su dolor fuera el mío.
Saber que su mayor preocupación era dejarnos desamparados.
Sólo tome muy fuerte su mano y lo miré, no fui por ayuda, si el estuviera estático en esa cama sería mi culpa.
Y el gato que ayer me lastimó maullaba egoísta, como la que lo cuida. Nunca me había molestado tanto ese maullar y maullar.
Se rompió la pecera, vi cuerpecillos de colores con ojos opacos, algunos resucitaron. Mi padre sigue aquí. ¿Cuánto tiempo?
Te quiero tanto papá.

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