sábado, 24 de abril de 2010

Antonin Artaud. Pedazo de Nervios



Por Agustina Jojart

Reconocerse en Antonin Artaud es una costumbre que practican aquellos que habitan algún tipo de infierno. El arte como manifestación es un nervio vivo por el cual escapamos a las formas de morir o recreamos nuevas maneras de estar para estar en la vida; es el puente que nos conecta con una realidad deseada, pero no olvidemos que los dolores y los placeres están dentro de cada uno: cualquiera otra invención de espacios ideales será una ficción infernal: el arte nos libra de la locura y nos conduce paradójicamente a ella.
Artaud fue el artista más sincero consigo mismo y con el arte; siempre fue en busca de lo que jamás hallaría o, quién sabe, en busca de lo que ya estaba en él.
Artaud. El doble. La contradicción. Salir. Volver. Lo pesado de los nervios. Los pedazos. La unidad. Antonin.
Antonin Artaud decía que la niñez era como la muerte. Y me pregunto cómo habrá sido la infancia de un niño sin juguetes ¿Cómo es la infancia de la meningitis?
¿Con quién juega la membrana de su cerebro, y en qué parques los nervios son verdes y sólo puede uno reírse? Recordarás esta infancia como el más absurdo de los encierros...
Hace unos meses tuve la oportunidad de visitar a Antonin en la prisión amarillenta de algún libro -no recuerdo cuál- pero allí me esperaba su imagen... y ciertas veces me parecía acompañarlo en esa fotografía: su juventud era tersa y en ebullición. Pero ya había dolor en esos ojos; había afán de encuentros.
Páginas más tarde, lo vi desecado. Estoy segura de que fueron los pájaros eléctricos. Los histéricos de blanco con alas y con picos que llevaban a Antonin a sus sesiones de electroshock. ¿Quién te ha hecho esto? Los apenas cabellos resecos alborotados por el aletear de la descarga de corriente sobre ese rostro picoteado y óseo. La internación fue un palomar, pero no se volaba más que con el pensamiento.
Me atrevo a pensar que su vida fue una niñez, siempre y que, más allá de su esquizofrenia, vivió latiendo en una contradicción que lo hizo hombre, poeta y dolor: ser y no ser. Vivió buscando nuevas formas de liberación y equilibrio. Ideando la manera de escapar de la sociedad de masas sólo para huir de lo falso.
Puedo oírlo... avanza con una respiración lenta, desde el vientre hasta los pulmones; está recostado, atrapado en una cama; no hay fuerzas pero comienza una picazón en los músculos de la garganta y los espasmos de las cuerdas vocales. Una voz añeja, que ha estado allí desde hace tanto tiempo, brota: parece que gritara una vieja... parece el sacrificio de un cerdo. Antonin no puede moverse. Sólo emite unos sonidos agudos -parece cantar. Y yo bailo. Así nos entendemos... desde el arte; lo siento desde las palabras y dice:

" Si uno pudiese gustar al menos de su nada, si uno pudiese descansar bien en su nada y esa nada no fuese una cierta clase de ser pero tampoco la muerte completa.
Es tan duro no existir más, no ser más en alguna cosa. El verdadero dolor es sentir su pensamiento trasladarse en uno mismo. Pero el pensamiento como un punto ciertamente no es un sufrimiento.
Estoy en el punto en que la vida ya no me concierne, pero con todos los apetitos y la titilación insistente del ser en mí. Sólo tengo una ocupación: rehacerme."

He aprendido a apartar a Artaud de su enfermedad, de la afección de su sistema nervioso y de su patología. Descubrí a un hombre de carne a la intemperie. Antonin es cualquier hombre en cualquier tiempo. Halló su inspiración en problemas existenciales y vivió sin saberse ¿Quién no ha sido Artaud alguna vez? ¿Qué hombre, más allá de su contexto o en virtud de éste, no ha pensado en rehacerse? Sin embargo, Artaud parecía estar más adherido particularmente a estas atmósferas pegajosas que no se quitan: el ser... para qué... por qué...

Pese a toda la contradicción con la que vivió los días de su mundo, Antonin puso siempre el cuerpo al servicio del pensamiento y logró latirse, circularse, aislarse, nacerse y morirse; nada lo detuvo... Fue conciente de su enfermedad y de que zafarse de ella sería un intento de fuga frustrado. El destino lo había empeñado y estaba en manos de lo ajeno.
Cierro el libro y su voz me llega. Temo pasar frente a un espejo y ver su rostro en lugar del mío. Las extremidades desarticuladas de su cuerpo, los pedazos sueltos de su carne, toda su unidad nerviosa. Antonin se asombró del mundo, pero sin este asombro no hubiera sido capaz de sufrir ni de tomar conciencia de sus estados de afección mental. Es tan extraño sentirlo en las noches cuando llega en forma de vacío y llena un espacio que no existirá nunca. Ese es el dolor que su vida nos deja. Las preguntas que él se hizo; las respuestas que no hallaremos.

¿Quién no ha sido alguna vez Antonin Artaud?

Revista La Máquina del Tiempo (www.lamaquinadeltiempo.com).

domingo, 18 de abril de 2010

Reconocimiento

Tú haces el silencio de las lilas que aletean
en mi tragedia del viento en el corazón.
Tú hiciste de mi vida un cuento para niños
en donde naufragios y muertes
son pretextos de ceremonias adorables.

Alajandra Pizarnik

Paspartú

Cuántas veces vemos sólo las orillas, las aristas, los ángulos, el contorno. Así nos quedamos, con la pregunta o la no pregunta de que hay al cruzar la línea, al interior. Preferimos no asustarnos más, ¿desilusionarnos?, protegernos; sin embargo, cuando lo que lo circunda es paspartú, uno de colores metálicos –bonito-, sin pensarlo mucho lo brincamos, claro, para no romperlo. En realidad, no siempre y no todos. Azul, verde, rosa, amarillo… El paspartú se reconoce, se ilumina, lo otro no, aunque algunos no paspartú son camaleónicos, no logran ocultarse por mucho tiempo. Eso creo.

miércoles, 14 de abril de 2010

Bonne nuit


Mis zapatitos de muñeca bailarina no resultaron los adecuados para este día: me caí en las escaleras del puente peatonal, más bien me deslicé como niña de tobogán, y los tobillos gritan por que vaya a la cama. Sólo faltó que lloviera y entonces sí, en lugar de zapatitos habrían sido sólo trapitos escurridos. Me empiezo a sentir más fuerte y entera, y claro que aquí los zapatos no tienen nada que ver, no se si será la espirulina y los oligoelementos y el resto de chuches naturistas. Ya no estoy asustada. Espero el desquite, y ya después que pase lo que pase, no me importa, lo importante es que me he prometido no quedarme callada frente al cerdo teñido con taconcitos de taquero, y los que vengan sin importar su clasificación. En fin, muero de hambre y la cama es demasiado tentadora, será mejor pensar en cosas agradables antes de dormir. Mi gato ronronea sobre mis piernas y después se aleja, sé que quiere que apague el monitor y lo siga, a dónde, no sé… Buenas noches.

jueves, 8 de abril de 2010

Jueves

Tengo nauseas del llanto matutino. Y después de mucho tiempo las uñas pintadas con barniz negro, antes era púrpura, rojo o azul, y hoy están de luto y quebradizas como siempre. Mientras intentaba trabajar, más bien pensaba en la lista de adjetivos calificativos que le voy a gritar al misógino-idiota del jefe, y espero tener la fuerza suficiente para hacerlo. Ya quiero que termine esto: renuncia, no renuncies, aguanta, defiéndete, no seas visceral, no es para tanto, sí lo es, después te vas a deprimir cuando no tengas trabajo, luego qué vas a hacer y blablabla. La cabeza me pesa de tanto pensar. Habrá algún método para no hacerlo: apagarte, desconectarte, olvidarte…
Está por llover y la lluvia casi siempre me cae bien, me refresca el ánimo; además, hoy hay sopa de verduras y pollo. La tarde pinta mejor

miércoles, 31 de marzo de 2010

El pabellón del vacío

Voy con el tornillo
preguntando en la pared,
un sonido sin color
un color tapado con un manto.
Pero vacilo y momentáneamente
ciego, apenas puedo sentirme.
De pronto, recuerdo,
con las uñas voy abriendo
el tokonoma en la pared.
Necesito un pequeño vacío,
allí me voy reduciendo
para reaparecer de nuevo,
palparme y poner la frente en su lugar.
Un pequeño vacío en la pared.

Estoy en un café
multiplicador del hastío,
el insistente daiquirí
vuelve como una cara inservible
para morir, para la primavera.
Recorro con las manos
la solapa que me parece fría.
No espero a nadie
e insisto en que alguien tiene que llegar.
De pronto, con la uña
trazo un pequeño hueco en la mesa.
Ya tengo el tokonoma, el vacío,
la compañía insuperable,
la conversación en una esquina de Alejandría.
Estoy con él en una ronda
de patinadores por el Prado.
Era un niño que respiraba
todo el rocío tenaz del cielo,
ya con el vacío, como un gato
que nos rodea todo el cuerpo,
con un silencio lleno de luces.

Tener cerca de lo que nos rodea
y cerca de nuestro cuerpo,
la idea fija de que nuestra alma
y su envoltura caben
en un pequeño vacío en la pared
o en un papel de seda raspado con la uña.
Me voy reduciendo,
soy un punto que desaparece y vuelve
y quepo entero en el tokonoma.
Me hago invisible
y en el reverso recobro mi cuerpo
nadando en una playa,
rodeado de bachilleres con estandartes de nieve,
de matemáticos y de jugadores de pelota
describiendo un helado de mamey.
El vacío es más pequeño que un naipe
y puede ser grande como el cielo,
pero lo podemos hacer con nuestra uña
en el borde de una taza de café
o en el cielo que cae por nuestro hombro.

El principio se une con el tokonoma,
en el vacío se puede esconder un canguro
sin perder su saltante júbilo.
La aparición de una cueva
es misteriosa y va desenrollando su terrible.
Esconderse allí es temblar,
los cuernos de los cazadores resuenan
en el bosque congelado.
Pero el vacío es calmoso,
lo podemos atraer con un hilo
e inaugurarlo en la insignificancia.
Araño en la pared con la uña,
la cal va cayendo
como si fuese un pedazo de la concha
de la tortuga celeste.
¿La aridez en el vacío
es el primer y último camino?
Me duermo, en el tokonoma
evaporo el otro que sigue caminando.

José Lezama Lima
1° de abril y 1976.
(Fragmentos a su Imán, 1970-1976)

About

Me pregunto si mi vida sería más fácil si fuera un hombre: no tendría que depilarme con cera las piernas, no sería una floja por no maquillarme, mi cabello estaría perfecto sólo con bañarme, podría hablar con orgullo de mis muchas o breves conquistas sin que me catalogaran de fácil e inmoral y no sería mi culpa si un estúpido me hiciera sentir miserable; nadie me diría que exagero cuando les digo que estoy deprimida y que me asusto cuando alguien toca la puerta de mi oficina. No pensarían que soy una débil por llorar y querer salir corriendo -no sin antes decirle que es un hijo de puta y no soy su bufón-. Si no es para tanto que te digan que eres una rara que necesita terapias y que te toquen la mano para hacerte sentir peor y te mueras del asco, mientras el cínico babea de la excitación que le causa tu estado. Si no es para tanto que se burlen de ti. Si fuera un hombre quizás no sería para tanto, pero soy mujer y se trata de mí, y si los demás no lo entienden que no lo entiendan.